Al vacío hay que dejarlo pasar

De todas las cosas que disfruto, las que me sacan una sonrisa son las que me sorprenden. Y entiendo la dificultad de aconsejarte que te sorprendas, pero pensalo como un desafío. La sorpresa a mí me visita en los lugares más extraños y en cualquier horario del día. Tiene eso de linda; lo imprevisible. Y te digo, no funciona si tratás de repetirlo. Seguir las instrucciones no te lleva a la sorpresa. Tenés que olvidarte un poco de esta tarea para poder encontrarla. Te recomiendo entonces que te vayas un poco de vos, que te dejes deambular por la vida un rato. Que te aburras del camino a casa y pruebes zigzaguear más allá de lo conocido.

Quiero que me cuentes cuáles son tus sorpresas, esas que se repiten a sí mismas pero milagrosamente funcionan. Tienen ese poder de reencarnar una y otra vez sin perder efectividad. Son suficientemente lúcidas para no batallar en contra de esa tendencia a la muerte que uno tiene. A obsesionarse con lo que rasga y estruja y exprime, en vez de volver a esos pequeños refucilos de felicidad.

Me gusta que sean libres, igual.

La más recurrente que tengo es el olor a jazmín. Me invade en cualquier barrio, a cualquier hora. No importa qué esté transitando, tiñe mis pensamientos hasta erizarme la piel. Y ya no sé ni en qué día estoy. Es el olor más hermoso que conozco y tanto más porque viene de visita. Me abraza cuando más lo necesito y me invita a llevarlo por un rato. A veces no quiero dejarlo. Me quedo sola, en la calle, absorbiendo profundo lo más que puedo. Pero siempre hay que seguir. Trato de registrar la dirección exacta donde está pero ese dato se evapora. Inútil es pedirle a la sorpresa que se quede.

La luna también me encuentra. Y no es que no sepa que la luna se ve casi todo el tiempo, pero es que me olvido de mirarla. Y en la ciudad, se esconde. Y yo, que no registro datos duros, nunca entiendo a qué altura está qué día. En qué momento del año se ve aquí o allá. Y sin embargo ella me encuentra. Es como un recordatorio de que arriba existe. De que somos muy chiquitos, muy cortos. Pero la miro fijo y me siento eterna. Mi mamá de vez en cuando repite que de chica yo pedía ir a ver la luna. En el cochecito. No me podía dormir y reclamaba ese encuentro nocturno. Me emociona esa coherencia conmigo misma, después de tantos años.

Me guardo ese misterio en una cajita de papel.

Que te toque un mono en la karioka. Al agarrar de arriba, no de mano. Cuando estás sin bajar, con el burako en contra y la pareja contrincante con una pura y dos impuras, a punto de cortar. O justo cuando pensabas que te ibas al tacho, mano a mano con tu Abuela, campeona invicta del chinchón. Me río con el arlequín como se reía ella; los ojos grandes y la boca chiquita, eligiendo siempre el festejo frente a la estrategia.

O sonreírle a un libro cuando, de repente, una palabra, una frase me despierta la urgencia imperiosa de buscar un lápiz y subrayarlo. Qué vértigo perder esa línea, esa hoja. Vuelvo a ellas con el tiempo. Sé donde están, solo no sé que están hasta que las necesito. De la misma forma se me filtran las palabras de un poema o una imagen. Van decantando de entre los miles de susurros y toman forma, de manera impoluta haciéndose oración. Trato de no sucumbir frente a mi adrenalina y las transcribo. Como un punto y aparte, se vomitan y ya no queda nada más.

El mismo vacío del jazmín que se atenúa.

La luna escurriéndose entre los árboles.

Una mano inconexa.

La Abu que ya no está.

Diseñadora Gráfica y Artista Visual de Buenos Aires

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