Le puse un anillo antes de que se la llevaran. Quería acompañarla, de alguna forma. El anillo que había comprado en Notting Hill, 2 años atrás, en un local de alhajas con piedras de muchos colores. Supuse que le iba a encantar por lo llamativo. A la Abuela le gustaba mucho usar collares, anillos y aros. Pero solo los que pellizcan la oreja, porque no tenía más agujeritos. Siempre me olvidaba de eso cuando le comprábamos regalos. Mamá se acordaba.

Le puse el anillo no sé en qué dedo. Me gusta pensar que fue en el medio, el dedo de Dionisio, el dedo de la irreverencia. Ella siempre sabía ser elocuente, pícara, graciosa. No tenía maldad. Solo trabajo y devoción por la familia. Meses antes de irse del todo, en medio del agotamiento y el dolor, nos logró sacar una sonrisa. En verdad nos tentamos. No sé cómo llegamos a la clásica conversación sobre los novios. Creo que estaban Flor y el Abuelo conmigo. Hizo un comentario que recuerdo de forma abstracta, entorno a los beneficios de tener novio. Lo que sí no puedo borrar es escucharla decir la palabra “chorizo” con su mirada pícara. Estallamos. Nunca la escuché a la Abuela hablar de sexo. Nunca. Sí putear, sí culo, teta. Nos regaló un poco de luz ese día. Así de fuerte era.

Le gustaban sus rituales. Levantarse extra temprano, llevarle el mate a la cama a mi abuelo -siempre volviendo a la cocina para buscar la pava y servir el próximo-. Ir al almacén de Catalina para hacer el almuerzo. Barrer las hojas de la vereda, barrer la tierra de todos lados. Tenía un hartazgo con la tierra importante. Odiaba que se le llenara todo de polvo y Salto era muy así. Ella luchaba por mantener la casa limpia. Baldeaba el patio, esas baldosas rojas que son tan difíciles de dejar intactas.

La Abuela creía en otros rituales. Curaba el mal de ojo con aceite y agua. A mí me decía, cuando estaba muy ojeada, que tenía “unos anteojos!”. No sabía si alguien con anteojos me miraba mucho o qué significaba eso. Lo cierto es que eran lindos sus audios avisándome que ya me había curado. Me los mandaba el Abuelo, porque ella nunca llegó a cazarle la onda al WhatsApp. Otro ritual hermoso era verla salir al patio en días cubiertos, cuando parecía que iba a venir alta lluvia, a tirar sal gruesa, dando vueltas en círculos. A veces la espiábamos desde la ventanita con rejas y mosquitero de la cocina y nos reíamos con ternura. Ella se reía de sí misma pero seguía, confiada de su ritual. Tal vez por eso me gustan los días así, en tensión, en espera, pausa. Pensaba que esperaba la lluvia pero tal vez la espero a ella, bailando con sal, abajo de la tormenta.

Diseñadora Gráfica y Artista Visual de Buenos Aires

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