Encuentros

Mati tiene esa costumbre de hacer una mueca con la boca al pensar. Sucede cada vez que tenemos que definir cosas importantes como qué plato pedir de la carta, el horario de la alarma o qué somos. Pone los ojos en blanco, como atravesando el papel y paredes, y frunce los labios a la par que se pellizca el cachete derecho desde adentro. Como el juego del cuchillo y la mano sobre la mesa de madera, a veces erra. Muerde de más o le pifia, momento en que cierra los ojos abruptamente y baja la cabeza, puteando a la vez que golpea el piso con el pie.

Eso mismo está haciendo en este momento. En una cervecería del centro. Solo. Solo entre comillas, porque se la pasa relojeando la puerta principal. Y yo no estoy frente a él, inhalando y exhalando paciencia mientras sus tribulaciones se ponen de acuerdo. Pero lo veo. Veo como gira de a ratos su cabeza con una ansiedad que le electrifica el cuerpo entero. Cómo señala un nombre de la pizarra y hunde la mano izquierda en un cuenco con maníes. Mientras la mano derecha scrollea el celular y de a ratos, para.

No suelo hacer esto, que quede claro. De hecho, casi no lo reconozco. Nunca venimos para este lado de la ciudad y se suponía que él estaba cursando, por lo que en mi esquema mental era imposible que estuviera cruzando Córdoba y Callao en ese preciso momento. Culpo a esa maldita costumbre que tengo al caminar. Yo no sé si es que me aburro, me da ansiedad llegar a lugares o qué. Pero básicamente mi forma de avanzar en el espacio público consiste en saltar de cara en cara, de forma obsesiva y un tanto lúdica, chequeando si las reconozco. Casi como una obligación o una atracción inevitable. Creo que viene de cuando era chica y paseaba por Cabildo. Iba al colegio cerca y me vivía cruzando gente de ahí: compañeros, padres, hermanos, profesores. Todo el tiempo. O sea el objetivo era anticipar la cara conocida, dar media vuelta y meterse en algún negocio o cruzar enfrente.

Mi escáner detectó su rostro y se quedó recalculando. Como cuando no te sale una palabra y te queda la lengua tironeando la memoria. O como cuando vas del cuarto al living y te quedás cual John Travolta mirando a los costados, con las palmas hacia arriba, confundidísimo. Mi versión meme fue quedarme en el medio de la vereda, con un tenedor de plástico colgando de mi boca, mientras con la otra mano sostenía la bolsa de papel de Tostado Café Club llena de papas fritas con cheddar. Él me atravesó sin verme como ascensor poseído, mientras yo fruncía el ceño con ganas. Seguí caminando hasta la boca de subte y estaba a punto de subirme cuando algo me poseyó. Pegué media vuelta, chocándome con las personas que bajaban por la escalera, tiré la bolsa con papas y semi-troté de forma frenética hasta que lo tuve cerca de vuelta.

Caminaba idéntico a sí mismo. Chequeado. Ahora necesitaba pasarlo para verlo de frente, pensaba, cuando entró a la famosa cervecería y se sentó en la barra. Entré por la puerta del costado, me senté en una mesa fuera de su rango visual y agarré una carta para mantener al mozo alejado. Misma cara. Doblemente chequeado. Su pie se movía, inquieto, mientra seguía comiendo maníes. Justo cuando le entregaban la pinta el celular se encendió. Alguien lo llamaba. Dudó unos segundos hasta que finalmente rechazó la llamada. Tomó un sorbo más largo y luego suspiró con todo el cuerpo. El celular se iluminó un par de veces más hasta que lo apagó. Mientras chupaba la sal de sus dedos, entró una chica rubia, muy blanca. Se sentó en la butaca pegada a la de él. Pidió una pinta y apoyó su codo sobre la barra, mientras le sonreía a los ojos. Los pies de él ya no se movían.

Lo siguiente que vi fue la puerta del subte cerrarse herméticamente y las paredes de afuera diluirse en un gris fuera de foco. Mareada, dejo caer mi cuello. Al lado mío, extirpada del lomo, llevada lejos, lejos, para siempre, veo una hoja arrancada. Destinada a la soledad y al olvido. No puedo contenerme y con los ojos húmedos le pregunto “¿Por qué?” a unas manos que sostienen un papel ilustración de 90 gramos, un poco arrugado del estrés, sobre sus piernas. Algo agachada, como susurrándole a esas manos, repito: “¿Por qué?”. La chica sentada al lado mío me responde, sin dejar de mirar el papel: “Necesitaba un cambio”. La miro triste, mientras la garganta se me hunde.

Diseñadora Gráfica y Artista Visual de Buenos Aires

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