Estelita anda fruncida por las calles de Saavedra. Si la vieras de costado vislumbrarías una letra P mayúscula, redondeada. Con las cervicales hacia adelante, Estelita adquiere una posición de Tyrannosaurus rex. Con sus manitos juntas, sosteniendo de forma incómoda su micro cartera. O su maxi monedero. Cuando se olvida los bifocales, ella anda con el ceño fruncido, como dudando hacia dónde va. Este acto se traslada a su boca, que también frunce, como cuando te estás pintando con un labial. Muchas líneas paralelas se marcan, una al lado de la otra, en su piel sin elasticidad. Estelita lo único que piensa en este momento es por qué mierda le hizo caso al Pepe y salió cagando de la casa a buscar pan para el tuco. Encaró sin pensarlo. Estaba leyendo la lista del super y no tuvo tiempo de cambiarse el par. Si no se empecinara por usar los anteojos viejos, esto no hubiera pasado. Así que tampoco puede rezongarle al Pepe porque es lo primero que le va a decir. “Mañosa”. Como si se mereciera esa palabra, después de tanto sacrificio. Un sábado a las once y media de la mañana, al rayo del sol, pleno verano, ella corriendo a buscar el pan para el tuco. “Manacha la madonna” se decía para adentro entre bufido y bufido mientras se acomodaba los ruleros y los escondía en el gorro. Estelita sabía que la velocidad era clave porque siendo 30 minutos antes del mediodía, lo más posible era que no quedara más en el almacén. El segundo escenario que la consternaba era su tuco, todo pegado, porque el Pepe le hizo que sí, que sí, y siguió viendo el noticiero. Como si no hubiera visto durante toda la semana las mismas noticias que estaba escuchando ahora.

Diseñadora Gráfica y Artista Visual de Buenos Aires

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