Sara tantea la pared en la penumbra hasta encontrar el interruptor. Una habitación ajena se enciende con furia, susurrándole directo a los ojos. Aturdida, apoya su peso en el picaporte. Lo que antes era apenas un murmullo se vuelve nítido, como si un parabrisas hubiese destapado su cabeza. Intenta pasar desapercibida pero se encuentra con miradas cómplices que se ríen de su andar dudoso. De forma intermitente avanza, arrastrando sus manos en la pared, el sillón, la espalda de alguien. Y se sienta, delicadamente.

En su cabeza todo sucede más lento que afuera. Los amigos de Mariano dibujan sombras multicolores que se mueven exaltadas, gritando canciones de cumbia como un mantra, mientras Emilia se le acerca velozmente:

— ¿Dormiste bien? — pregunta con ternura y sarcasmo.

— Sí — se ríe — ¿Cuánto me fui?

— Tres horas — murmura Emilia divertida. Sara se tapa la cara pero sonríe. En la cocina busca la botella de Fernet. Abre la heladera y se queda reclinada, de lado, mientras se olvida qué estaba buscando. Un brazo aparece de atrás, tanteando una lata de cerveza y ella se corre, sobresaltada.

— Cómo dormimos, eh. — La mira un flaco alto que no reconoce. Ella se pierde en esa sensación de caída que le suscita la palabra dormir, arrullada por su propia respiración.

El flaco alto que no reconoce abre la lata y la mira. Dice su nombre con precaución, como si fuera una contraseña de acceso a un bar pretencioso. Lo exhala, como amasando cada letra.

Al grito de “¡Sara!”, una sonrisa ni muy grande ni muy chica se le dibuja a ella, contenida en su boca, mientras respira rápidamente todo el aire que puede y avanza para abrazarlo:

— ¿Cómo andás? ¡Tanto tiempo!

— Lo mismo de siempre — sonríe con resignación, gira, abre la heladera y le pregunta qué está tomando.

— Ay, sí, colgué. — escupe de forma cortada mientras señala el Fernet. Retrocede arrastrando los pies y se lleva puesta la puerta corrediza que se tambalea estrepitosa mientras media fiesta observa fascinada la escena. Sara se queda con los ojos cerrados unos segundos más, como cuando se soplan las velitas de cumpleaños; incrédula pero deseando con todo el cuerpo que se cumpla eso que tanto espera. Se rinde. El flaco ubica el vaso en su mano, la cierra y vuelve al living. Ella lo sigue con la mirada y se detiene en una silueta que le resulta familiar pero distante, como si fuera de otra vida. Se siente invadida. Tantos años alejándose de esa gente se disuelven como un bandoneón contraído. Sale al balcón a ver si ahí afuera se respira normal pero el aire se le escapa antes de poder inhalarlo.

Diseñadora Gráfica y Artista Visual de Buenos Aires

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