No siento más la furia en mis manos, la garganta trabada, el estómago revolverse. Me liberé de esto que no me pertenece. De esta mala sangre que heredo siempre, de otros. De mi permeabilidad a lo ajeno. Me harté de sufrir por otros. De querer resolver problemas que no tienen nada que ver conmigo.

Me decidí a afrontar la puntada de la crisis por venir. Del conflicto que se hace presente debajo de las situaciones más inocentes. Toda una pila de horas enterradas saliendo a flote ante el mínimo movimiento equivocado, en el tiempo y lugar que no debía ser. La distancia ayuda a poder controlarme, dejar que las cosas sigan su curso, que las personas se peleen, lloren, se agarren a las piñas.

Me entregué a las causalidades no gestionadas, como quien sale a la calle en un día de invierno, luego de hibernar unos días. Asustado pero sin más remedio. Con todas las capas posibles para aplacar el impacto. Sin un recoveco a la vista. El único rastro de piel en mi cara. Para engañarme primero tengo que engañar a ellos. En mis ojos se ve el recelo de esta búsqueda.

Diseñadora Gráfica y Artista Visual de Buenos Aires

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